El Maestro y Margarita

(O Aquello que aprendí en la escuela que no tenía nada de académico)

El Maestro era joven, y aún peor, perversamente atractivo. Tenía el tipo de mirada que te perfora la mente. Aquella actitud arrogante y territorial, pavoneandose por el aula, dejando claro que aquel era su dominio.  Margarita, una mujer joven que jugaba con las letras y los pensamientos,  una niña con arsenal de mujer fatal. Marcadamente distinta de los demás, era una cría de fiera.

El Maestro se aseguró de que se sintiera observada desde el principio. Ninguna criatura de sangre caliente hubiera podido fingir que no sentía aquellos pozos engullendo su imagen. Margarita tembló pero logró regresarle la misma mirada predadora. El juego había comenzado.

A Margarita le excitaba del Maestro para empezar su posición. Solo los curas y los hombres casados estan más prohibidos que eso. La mera idea le producía ansiedad y expectativa. Lo segundo fue su intelecto. El maestro hablaba con sarcasmo, con un total dominio de sí mismo, la seguridad de quien sabe que jamás será cuestionado una vez sembrado el terror. Su maldad era casi afrodisiaca. Era además una persona culta, que no dejaba la guardia baja nunca y que podía torcer la situación siempre a su favor. En resumen, alguien interesante, a su nivel, algo desconocido para ella.

El maestro quizá se sintiera tentado por razones similares. Lo prohibido de la condición de Margarita, su exotica manera, la energía de quien no se deja someter al orden social. Las curvas en sus formas, lo despreocupados que parecían sus gestos, pero toda aquella ansiedad incendiaria que latía debajo de los ojos incitadores, los labios de sonrisas disimuladas, lo precoz de su mente. Diferente, en una palabra.

Maestro y pupila intercambiaban guiños primero velados ante todos los demás, mas descarados con el paso del tiempo. La tensión crecía cada vez más, igual que el ansia de ella y la cautela de el.  Cuando lograban conversar a solas, las palabras eran balazos en un duelo intelectual, un juego de poder basado en quien lograba suponer mejor. El maestro lo encontraba estimulante, Margarita agotador.

Los susurros no tardaron en escucharse, era ya un secreto a voces, un rumor muy acertado, debido quizá al resentimiento que el maestro hizo crecer en Margarita, con sus insospechados malabarismos anímicos, sus juegos mentales  y su tendencia a postergar aquello que tanto ansiaban ambos.  De allí todo empeoró para Margarita. El Maestro se volvió inaccesible y solo en privado y cuando era su voluntad reconocía lo suyo. El era el cazador, ella la presa.

Margarita lo dejó estar, mas no podía evitar sentir rabia ante su disimulo, rechazo ante su indiferencia, verguenza ante su condescendencia. Decidió tratarlo impersonalmente, como si nada hubiera pasado. Pero entonces entraba en juego la vanidad del maestro, aquella conocida arrogancia no permitía que ella decidiera las jugadas, y la buscaba, la seducía e irremediablemente la atrapaba.  Ella comenzó a leer su estrategia, encontró un patrón y lo usó a su favor.

Fue entonces, cuando apenas caía la noche, que se encontraron en el automovil del Maestro, a escasos metros de la escuela, con deseo, con odio, con admiración. Las manos frías del maestro eran reptiles de sorprendente habilidad, que encontraban veloces el camino bajo su ropa. Sus labios se movían con  pericia, el aliento calido y mentolado de boca a boca, mientras su barba raspaba sutilmente el rostro de su alumna. Todo sucedió intempestivamente, con ansiedad, pero veloz. Despues de aquello, con la frialdad que caracterizaba sus decisiones mas severas, la hizo bajar.

El Maestro disfrutaba del poder. Nada superaba esa sensación. Ni siquiera el amor de su compañera, o las delicias de Margarita.

Todavía hoy educa a Margarita, pero la lección mas importante no se la dió en un salón de clases. Margarita aprendió que la dignidad supera cualquier cosa, incluyendo el hedonismo o la destreza del Maestro.

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